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Argentina - Presidentes - Hipolito Yrigoyen
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Hipolito Yrigoyen


Al asumir el 12 de octubre de 1928 su investidura de presidente de la nación, un valioso testimonio rememora un episodio admonitorio de lo que ocurriría dos años después. La

multitud que colmaba la Plaza de Mayo vivaba al anciano político con frenético entusiasmo, Marcelo T. de Alvear al felicitar a su amigo y sucesor por el acto que juntos estaban

presenciando, recibió la lacónica respuesta del caudillo radical: "Y pensar que toda esta gente que me aplaude me odiará...".

El nuevo gobierno cuenta con un poderoso respaldo en la Cámara de Diputados, las elecciones han ido cambiando la mayoría: sus radicales ocupan 91 bancas y la oposición sólo 67,

compuesta por 36 conservadores de diversos partidos provinciales, 15 radicales antipersonalistas, a los que se suman 4 lencinistas de Mendoza y 2 cantonistas de San Juan, 4

socialistas y 6 socialistas independientes. En el Senado las cifras son distintas: sólo le responden 7 legisladores, frente a 9 conservadores, 9 antipersonalistas y 1

socialista; la representaciones de Mendoza y San Juan estaban vacantes.

Si durante la primera presidencia Yrigoyen se vio atacado por una oposición tenaz e implacable, a principios de la segunda, sucede, aparentemente, todo lo contrario. Los

partidos opositores se encuentran desorganizados y nada pueden oponer al radicalismo pujante y numeroso como nunca. En el nuevo gobierno se cifran todas las esperanzas que

depositan su fe en el caudillo reelecto. El radicalismo aparece como una corriente popular que se afirmará en realizaciones concretas, destinadas a estructurar una democracia

nacionalista.

Esta posición alarmó a las fuerzas conservadoras, que comprendieron que ya era imposible esperar una solución electoral, y optaron por el camino de la fuerza.

Todos los partidos de la oposición pondrían el hombro en la creación del clima propicio; participando unos en la conspiración militar, minando otros las bases populares del

oficialismo. Tanto dichos partidos, como los estudiantes y la machacona campaña de los diarios, socavaron el orden institucional, invocando la Constitución a favor de un plan

golpista. El grito a la rebelión se expresaba permanentemente: "El Presidente empuja a la República a un precipicio".

Su disminuida capacidad de acción (¿debida a su estado físico?) y su inveterada costumbre de resolver personalmente todos los asuntos resultaron en desmedro de la eficiencia

gubernamental. La corrupción en la administración pública, su relajamiento, permitió que la oposición reconquistara a la opinión pública con fina y sutil habilidad. Los apetitos

de predominio, los celos entre los principales dirigentes, observando como se debilitaba la conducción del viejo caudillo, próxima a futuras sucesiones ya que la jefatura

parecía acercarse a su fin, "ablandaban" la estructura partidaria y quebraban su solidez.

El mal se encontraba dentro del mismo partido gobernante. Se perfilaban dos tendencias, la del vicepresidente, Elpidio González y la del ministro de Relaciones Exteriores,

Horacio B. Oyhanarte.

Hipólito Yrigoyen gobernó durante veintitrés meses, siguiendo la línea de defensa de la soberanía y en resguardo de las riquezas nacionales, continuidad de su política de 1916.

La población superaba los 11 millones, de los cuales más del 75% eran argentinos.

En materia de política interior, se preparó un ambicioso plan de obras públicas que destinaba importantes sumas al Desarrollo Nacional: 1.000 millones de pesos a caminos, otros

mil a aprovechamiento de las fuentes de energía, mil a las construcciones ferroviarias y otros mil al fomento y colonización de la Patagonia. efectivas medidas en resguardo de

la Salud Pública.

En el campo de la educación, se fundaron 1.700 escuelas, elevándose nuevamente al Congreso el proyecto de Ley Orgánica de Instrucción Pública y el Plan de Edificación Escolar,

elaborados en la primera presidencia. Se creó el Instituto de Pedagogía para el mejor perfeccionamiento del profesorado. En noviembre de 1928, por los disturbios producidos, se

interviene la Universidad Nacional del Litoral.

En el campo laboral se solucionan graves conflictos obreros, como el de los marítimos y el de los telefónicos. Se efectúan las intervenciones federales a las provincias de

Mendoza y San Juan.

El 19 de abril de 1929 se intervienen los poderes Legislativo y Judicial de Santa Fe, y el 24 de abril, los de Corrientes. Las intervenciones, en poco tiempo, aumentarían la

tensión política en todo el país.

En materia de relaciones exteriores, se continúa con política altiva y activa, marcando distancias, desde un comienzo, con los Estados Unidos. Dejó sin cubrir durante casi todo

su mandato la vacante de embajador en el país del Norte.

La política económica se centró, principalmente, en la explotación del petróleo, creándose, el 30 de enero de 1929, el Instituto Nacional del Petróleo. Se autorizó a la

Dirección Nacional de Navegación y Puertos a realizar estudios técnicos para aprovechar la energía hidroeléctrica en Salto Grande, el 19 de agosto de 1929 y en el mismo año, el

10 de abril, se reglamentó el establecimiento y funcionamiento de las estaciones radioeléctricas.

Producida la crisis financiera de 1929, el gobierno decretó la clausura de la Caja de conversión para impedir la fuga de capitales y la especulación del oro. La crisis se agravó

por efecto del descenso del comercio exterior. Era el fin de una economía agropecuaria, tocándole a Yrigoyen ser el protagonista. El país sufría tres grandes déficit:

intercambio comercial, de balanza de pagos y de presupuesto. Aumentaba la deuda externa y disminuían los recursos.

En el Senado la oposición pospone el tratamiento del proyecto del Poder Ejecutivo sobre nacionalización del petróleo. La situación económica adquiere caracteres de extrema

gravedad. En febrero de 1930, al éxodo de capitales se suma en nuestro país el efecto depresivo que sufren los Estados Unidos después del crac de la Bolsa en octubre de 1929,

extendido rápidamente a todo el mundo, agregándose la disminución de precio de los cereales.

Estas causas tendrían gran efecto en la política. La inercia del gobierno nacional es aprovechada por la oposición. El asesinato de Carlos W. Lencinas, el 10 de noviembre de

1929 y el fallido atentado contra Yrigoyen al mes siguiente, el 24 de diciembre, por parte de un ex-anarquista, Gualterio Marinelli, habiendo efectuado tres disparos contra el

coche en que viajaba el presidente sin dar en el blanco, enturbian el momento político.

Se acusa al viejo caudillo de ser extremista al mismo tiempo que reaccionario, e incluso se llega a afirmar que se debe "salvar la República del bolchevismo". Los intelectuales,

los universitarios y hasta los partidos socialista y comunista se habían alineado con la oposición conservadores y de radicales antipersonalistas que pronto sería conspirativa.

El socialismo independiente (Antonio de Tomaso y Federico Pinedo) triunfante en los comicios de renovación parlamentaria en marzo de 1930 en la Capital, encabeza la campaña

contra el gobierno y amenaza con juicio político al primer magistrado. En ese momento aparecen en el escenario nuevas fuerzas que, desprendidas en su mayoría del

conservadurismo, simpatizan con las corrientes de ideas que se imponen entonces en la Italia fascista y en la España de Primo de Rivera y proliferan en francia a través de

"L'Action Francaise". Postulaban la sustitución del Poder Legislativo por el sistema corporativo, derogando la Ley electoral Sáenz Peña.

A comienzos de 1928 los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta con Ernesto Palacios, Juan Carulla y otros iniciaronn la publicación de La Nueva República, vocero de los ideales:

"orden, jerarquía, autoridad". A fines de 1929 pasan de la prédica escrita a la acción directa, fundando una fuerza de choque; la "Liga Republicana". A poco se le une en los

entreveros callejeros otra agrupación semimilitarizada, "La Legión de Mayo" inspirada por el propio general Uriburu y dirigida por Rafael Campos y José Güiraldes. El diario La

Fronda, en la misma senda ideológica, encarnó el propósito de reagrupar las fuerzas. Lo dirigía Francisco Uriburu.

El espectro del comunismo comenzó a preocupar sinceramente a algunos pero, sobre todo, resultó una cómoda bandera para otros. No faltaron quienes creyeron o hicieron creer, con

absurda propaganda, que la democracia conducía inevitablemente al comunismo. Poco tiempo después sería nuestro país un precursor de las maniobras de un macartismo desenfrenado

que perduró por décadas y décadas.

El rechazo a todo el sistema institucional pluripartidista prendió y se hizo carne en los militares que comenzaban a denostar el régimen democrático. En esos sucesos, el

entonces teniente coronel Pedro Pablo Ramírez, jefe posteriormente del movimiento revolucionario de 1943, sostenía: "el sistema parlamentario actual no es el más adecuado al

progreso o intereses de las guerras vivas de la nación. Nuestro Congreso, subalternizado por la acción preponderante y prepotente de un caudillo sin escrúpulos, se encuentra en

plena crisis de trabajo colectivo y de carácter personal. (...) Nuestro propósito primordial no es derribar a un gobierno despótico e incapaz; lo necesario, lo fundamental, es

cambiar el sistema".

También, como dijimos, desde la izquierda, se levantan las más acerbas críticas, La revista Claridad, "tribuna del pensamiento izquierdista", dirigida por Antonio Zamora desde

comienzos de 1929, ataca sin cuartel al anciano gobernante. El efecto deletéreo de la prensa, principalmente la popular y de combate: Crítica, con sus tres ediciones diarias,

4ta., 5ta. y 6ta., dirigida por su propietario Natalio Botana, lectura obligada en las mesas de café, no tardó en alejarse del caudillo radical y llegó a realizar reuniones

conspirativas en el salón comedor del medio, encima del despacho de la dirección, y hasta en presencia de botana.

Las vísperas de septiembre de 1930

Al manifiesto del 9 de agosto de representantes parlamentarios se suceden los mítines de los opositores. Fuerzas de choque integradas por elementos nacionalistas que provocan

disturbios; el estudiantado universitario se une a la prédica opositora y en ruidosas manifestaciones exige la renuncia de Yrigoyen. Sólo los socialistas y los demócratas

progresistas se mantienen al margen de la revolución, que ya está en la calle. Nicolás Repetto, en un discurso en la Cámara el 28 de agosto, enjuicia al radicalismo, pidiendo

tranquilidad en los espíritus. Los demócratas progresistas, con Lisandro de la Torre, levantan la consigna: "Votos sí, armas, no".

En las filas del Ejército se impone el clima subversivo y avanza la conspiración dirigida por el teniente general José Félix Uriburu, iniciada en diciembre de 1929. El

movimiento revolucionario tiene dos sectores. El primer grupo, encabezado por el citado general, integrado por elementos militaristas y con el apoyo de agrupaciones de tinte

nacionalista y la simpatía de conspicuos conservadores. El objetivo: la eliminación del sufragio popular, reemplazándolo por el corporativismo.

Responden a las directivas de Uriburu: en el Ejército, el general Arroyo, los coroneles Kinnkelin y Rocco; los tenientes coroneles, Juan B. Molina, Álvaro Alsogaray, Pedro R.

Ramírez, capitán Juan Domingo Perón, etc. En la armada: el almirante Renard y los capitanes de navío Jorge Campos Urquiza, Francisco Amaud, todos jefes de las bases navales más

importantes y los almirantes retirados José Moneta y Carlos G. Daireaux.

El otro grupo era aparentemente mayoritario y tenía como inspirador al ex ministro de Guerra, general Agustín P. Justo. Sostenía la necesidad de desalojar del poder al

radicalismo por sus desaciertos, manteniendo, sin embargo, el sistema institucional. Era su propulsor el general Maglione, secundado activamente por el coronel Luis J. garcía

(ex jefe de la Logia San Martín) quien enardeció los ánimos a través de una campaña periodística en los diarios La Nación y Crítica. Le son adictos el almirante Domec García,

los generales Elías Álvarez, Bruce, Jauregui y Ponce, los coroneles Pilotto, Pistarini, los tenientes coroneles Tonazzi, Ruzzo, Descalzo, Sarobe...

En julio de 1930 se publican en la prensa unas declaraciones de justo que preocupan sobremanera a los conspiradores "nacionalistas". Aparentemente el general quería desbaratar

el golpe contra el sistema alegando que "la intervención de los militares en los cuadros políticos podría poner en peligro la legalidad constitucional". La publicación de las

Memorias del entonces teniente coronel José María Sarobe aporta datos invalorables sobre la lucha de ambas tendencias para controlar el movimiento revolucionario.

Todos creen en el levantamiento menos el presidente Yrigoyen. Vanos son los esfuerzos del general Dellepiane, su ministro de Guerra, para sofocar el complot, yq eue el propio

presidente aconsejado, por su ministro del Interior, Elpidio González, es el primero en desbaratar su medidas defensivas. El 2 de septiembre Dellepiane, cansado de su lucha

estéril, presenta su renuncia; es reemplazado interinamente por E. González quien pone de inmediato en libertad a los militares sospechosos.

La continua respuesta del declinante caudillo, a quien le expresaba inquietud, era: "Nada ocurrirá, son agitaciones políticas pasajeras, consecuencia de las luchas electorales

últimas, que ya pasarán".

El estado de salud obliga a Yrigoyen, el 5 de septiembre, a delegar el mando en el vicepresidente, Enrique Martínez. Declara el estado de sitio en la Capital Federal. La

revolución que debió estallar el 2 de septiembre se posterga. En las primeras horas de la madrugada del 6, pequeños contingentes militares mandados por el teniente general

Uriburu se sublevan contra los poderes constituidos. La suerte del gobierno radical estaba echada.

Los diversos testimonios sobre los sucesos de la semana de septiembre coinciden en reconocer que la acción represiva y toda otra posible resistencia de parte del gobierno se

vieron perjudicadas por la incapacidad, casi absoluta, demostrada por el vicepresidente Enrique Martínez y el ministro del Interior e interino de Guerra, Elpidio González,

quienes no supieron o no quisieron poner en marcha el dispositivo defensivo del Estado. mientras se desmoronaba su gobierno, Yrigoyen permanecía en su domicilio de la calle

Brasil, postrado con más de 40 grados de fiebre. Martínez lo buscó y lo trasladó a La Plata, donde poco después, el anciano mandatario entregaba, en el cuartel de 7mo. de

infantería, su renuncia.

Terminaba un ciclo histórico, iniciado en 1912, con el sufragio libre, aparecía el ejército asumiento poir primera vez una responsabilidad política, rasgo que perduraría por más

de medio siglo en la Argentina contemporánea.

Yrigoyen, según Rafael Bielsa, "fue un Presidente democrático y no demagogo, tenía fe en el pueblo (...) y el sentido americanista del ciudadano que lo presidía había hecho de

él como un hombre guión en el movimiento de restauración y de efectiva independencia de las naciones de Latinoamérica". Su vida se extinguió serenamente el 3 de julio de 1932.

HECHOS NOTABLES

El 4 de enero de 1929, la colectividad hispana obsequia a la Capital el monumento al Cid Campeador.

Herbert Hoover, presidente electo de los Estados Unidos visitó la Argentina a comienzos de 1930, e inauguró la línea telefónica entre los dos países. Refiriéndose a ese triunfo

de la ciencia Hoover sostuvo que por medio de los avances técnicos, "ha llegado a ser una realidad la comunicación a través de las grandes distancias". Yrigoyen, fiel a sus

ideas, contestó, en el acto público de intercomunicación: "...fue el pensar y el sentir de la humanidad. No ha de afirmarse tanto en los adelantos de la ciencia como en la

realidad de una vida más espiritual y sensible, en la cual los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos sagrados para los pueblos". Mensaje de fraternal

humanidad muy diferente a la acción de Leopoldo Lugones, anarquista ayer, que transitaba en el Círculo Militar adoctrinando a los oficiales mientras practicaba esgrima con

ellos. Sus palabras: "La democracia era un régimen en evidente decadencia". "La Universidad liberal era una cueva de izquierdistas". "Los políticos profesionales llevaban el

país a la ruina".

Esta posición de beligerancia política que abrazó después de la posguerra de 1918, no coincidía con su partidismo en la juventud. Frente al desolador panorama que pintaba, sólo

el Colegio Militar encerraba una juventud de sano y vigoroso patriotismo. Patrocinaba la rebelión institucional: "Ha sonado la hora de la espada". Leopoldo Lugones, talentoso

escritor de versos y paisajes de ciertas figuras (su magnífico Sarmiento) y etapas del pasado argentino, encontraba en el general José Félix Uriburu, apellido tradicional -un

tío de su apellido había sido presidente de la República- el militar apropiado para derribar a Yrigoyen de una manera increíblemente sencilla, en el fatídico 6 de septiembre de

1930. El escritor norteamericano Waldo Frank, que poco antes había visitado la Argentina, al enterarse de la caída del presidente y del orden jurídico constitucional, manifestó:

"los sucesos olían a petróleo".

El 25 de enero, en un accidente, durante el Gran Premio Nacional de Automovilismo vuelca el coche y mueren Paris Gianini, el piloto, y su acompañante, Dino Papini. El 27 de

junio, el sabio inglés Alexander Fleming descubre la penicilina. Se escuchan, en Buenos Aires, desde el escenario del Teatro Ópera, las conferencias del conde alemán Keyscrling

sobre cómo son los argentinos, además de ocuparse de los grandes temas contemporáneos, diagnisticándonos la condición de "tristes".

Es en 1930 cuando las investigaciones en ciencias de la comunicación llegan a crear la televisión. El 17 de octubre se habilita el tramo de Chacarita a Callao del subterráneo

Lacroze (Línea B). En el mismo mes, una potranca excepcional, Sierra Balcarce, ganaba el Gran Premio Nacional.

Durante la primera presidencia de Yrigoyen, diversas manifestaciones culturales habían señalado, un profundo cambio, particularmente en la toma de conciencia de una temática

racional, en las obras de Lugones, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas, Joaquín V. González, Almafuerte (Pedro B. Palacios)...

El año 1928 es cuando algunos intelectuales asumen una actitud militante a favor de Don Hipólito: Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Ulises Petit de Murat, Roberto Arlt,

Carlos Mastronardi, Macedonio Fernández, José de España, Sixto Pondal Ríos, se suman a los definidamente radicales: Juan Guillot, Dardo Corvalán Mindilhdrzu, Mario Jurado.

Borges, en su "Fundación mitológica de Buenos Aires", afirma con real entusiasmo popular: "El corralón seguro ya, opinaba Yrigoyen".

EPÍLOGO

Desde su creación en 1922, la presencia de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y la del general Mosconi en su presidencia, también en 1930, reflejaban una política

incipiente de nacionalismo económico. Desde 1928 Yrigoyen se había negado a realizar concesiones petroleras y, en 1927, comenzó a negociar con la Unión Soviética el

abastecimiento de petróleo, obligándose nuestro país a pagar con materias primas (trueque). Nos proveerían 250.000 toneladas de petróleo durante tres años. La operación no pudo

concretarse a causa del golpe militar. Como ha escrito Manuel Gálvez refiriéndose al gabinete del jefe de la revolución y, luego, presidente, general José F. Uriburu: "El

ministerio, intelectual y socialmente no puede ser mejor; pero llama la atención que tres d elos ocho ministros estén vinculados a las compañías extranjeras de petróleo y todos,

salvo dos o tres, a diversas empresas capitalistas europeas y yanquis. Los primeros actos de gobierno de Uriburu no dejan duda que la revolución será, si no lo es ya, una

Restauración del Régimen".


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