Resultaba un secreto a voces que pocos se animaban a admitir públicamente. Absolutamente todos los argentinos eran contestes de que el regreso del general Juan Domingo Perón a
la Argentina, luego de sus dieciocho años de exilio, iba a ser definitivo. Pero tal anhelado retorno albergaba la certeza de que el histórico líder sólo volvería para poder
morir en su tierra. A pesar de que sus dilemas en materia de salud no se conocían al detalle, los argentinos sabían que los días de Perón estaban contados.
En este sentido, la aceptación sin resistencia efectiva de la candidatura de María Estela Martínez de Perón (Isabel como le gustaba llamarla al general) probablemente haya sido
el error más grueso del movimiento justicialista en general y de Juan Domingo Perón en particular. Es que no eran pocos los episodios que ponían de manifiesto la deteriorada
salud del anciano líder. El 18 de noviembre de 1973, por citar un ejemplo, Perón casi pierde la vida como consecuencia de un agudo cuadro de edema pulmonar, del que pudo ser
asistido gracias a la improvisada colaboración de un ¡médico ginecólogo!.
El entusiasmo y la obsecuencia instaban a no asumir la realidad pese a las claras evidencias. Nadie ignoraba que Perón atravesaba los últimos momentos de su existencia física,
aunque en la especulación política las cosas se presentaban como si para él el tiempo no hubiese transcurrido. ¿Por qué Perón decidió elegir a su esposa como vicepresidente, a
sabiendas de su falta de capacidad para desempeñar una responsabilidad de tamaña envergadura? ¿Es que su preocupación por los serios conflictos intestinos del movimiento
justicialista lo llevaron a no tener confianza por nadie? ¿Cómo un hombre tan lúcido como Perón dejó envolverse por una personalidad sórdida y estrafalaria como José López
Rega?
De acuerdo a afirmaciones del propio Perón, éste no pensaba regresar al país para desempeñar un tercer período presidencial. En todo caso, sus objetivos estaban asociados con
vivir sus últimos momentos desempeñando un rol de carácter consultivo -en términos asociados con un estilo de liderazgo paternalista- mientras gobernaba Cámpora, considerado
desde los tiempos del primer peronismo como el hombre más leal del movimiento. El vuelco de "El Tío" a la extrema izquierda le habría señalado a Perón la necesidad de un cambio
de planes, a los efectos de encauzar al movimiento en una postura más moderada, capaz de superar la presión terrorista. Pero aún así, el error de ungir a su tercer esposa como
compañera de fórmula, resulta aún hoy inexplicable.
Este tipo de decisiones contribuyó, además, a poner de relieve el carácter extremadamente vaporoso de la dimensión electoral. Una fórmula que superara holgadamente el 60% de los
sufragios, tan sólo un año después iría desintegrándose en forma acelerada. Una vez más la sentencia que Hipólito Yrigoyen le formulara a Marcelo Torcuato de Alvear al
conquistar su reelección presidencial se cumpliría : "Y pensar que toda esta gente que me aplaude me odiará...". Tal vez, la mayor diferencia entre ambos momentos se daría en el
destinatario final de dicho odio: no sería el viejo caudillo sino su mujer y entorno.
El 1 de julio de 1974 María Estela Martínez de Perón, vicepresidente, anunciaba por radio y televisión la muerte de Juan Domingo Perón. La presidente orientó su gestión de
gobierno con un plan que señalaba cambios sustanciales, y con José López Rega como principal sostén. Los síntomas de debacle económica del primer semestre se profundizarían,
evidenciándose así la crisis en su total dimensión. La inflación en la economía crecería sin ceder, mientras las presiones corporativas parecían no percibir la gravedad
institucional. La Triple A, auténtica organización paramilitar de extrema derecha, sumergiría al país en una ola de violencia brutal, junto a la ofensiva de organizaciones
radicalizadas como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo. El nuevo gobierno sería recibido con la violencia en forma explícita. El duelo entre los sectores en pugna
parecía un macabro juego de cadáver contra cadáver. El asesinato del dirigente de la Unión Cívica Radical y ex ministro del Interior del gobierno de Agustín Lanusse, Arturo Mor
Roig, tuvo como respuesta inmediata el crimen del diputado peronista Rodolfo Ortega Peña por orden y cuenta de la Triple A.
Eran meses de auténtico canibalismo político. López Rega, día a día era confirmado por la realidad como el hombre fuerte que desde un segundo plano gobernaba el país. Al tiempo
que dicho oscuro personaje parecía manipular a su total voluntad a la presidente, y anunciaba con total desparpajo la inauguración de obras públicas faraónicas como el conocido
Altar de la Patria (un mausoleo donde reposarían personalidades emblemáticas de la historia nacional) convertía al ministerio de Bienestar Social a su cargo, en un auténtico
comando de la represión.
A sus cada vez menos ocultas actividades esotéricas, López Rega evidenciaba una insaciable sed de poder. En tal sentido se inscribe la política llevada a cabo contra cada uno de
los funcionarios que no le resultaran subordinados a sus planes de control absoluto. Así cercaría al ministro de Economía José Ber Gelbard, hasta terminar asfixiándolo,
obligándolo a renunciar, a desarticular la Confederación General de la Empresa (CGE) e incluso obligándolo a tomar un exilio forzoso.
Pero el victimario no tardaría en convertirse en víctima de la política hostil que en definitiva era la moneda corriente de esos días. El propio López Rega terminaría siendo
forzado a renunciar y a abandonar el país para no regresar, como consecuencia de la presión sindical de las poderosas 62 Organizaciones, frente al lanzamiento de una serie de
medidas de ajuste económico y brusca devaluación de la moneda motorizadas por el ministro de Economía Celestino Rodrigo (apadrinado por López Rega), y que quedarían en la
historia como "el rodrigazo". Frente a tales circunstancias la sociedad civil desembocaría en el estupor frente a la incertidumbre económica, en el terror frente a la violencia
imperante, y en el hartazgo por considerar al país sin rumbo cierto. Sin embargo, el rechazo civil encontraría como manifestación más acabada a la indiferencia y a un excesivo
individualismo que resultaría vital para la causa golpista.
Durante el mes de diciembre, la violencia política vigente, se vio fortalecida por una nueva andanada de virulencia autoritaria que constituiría un antecedente directo de lo que
sucedería en la Argentina el 24 de marzo de 1976. El 18 de diciembre, un día después de que el gobierno de María Estela Martínez de Perón anunciara el adelantamiento de las
elecciones presidenciales para el 17 de octubre de 1976, un intento de golpe de Estado promovido desde la Fuerza Aérea intentó derrocar al gobierno. El brigadier Jesús Orlando
Capellini, líder de los golpistas y nacionalista ultracatólico, procedió a la detención en el Aeroparque Jorge Newbery del comandante de la fuerza, el Brigadier General Luis
Fautario. Los sublevados exigían la necesidad de reconocer el agotamiento del proceso político iniciado a partir de la muerte de Juan Domingo Perón y, por tanto, desconocer las
autoridades constitucionales a los efectos de que el comandante del Ejército asumiera como referente de las Fuerzas Armadas la conducción del gobierno nacional. La Armada y el
Ejército, a través de sus comandantes Jorge Rafael Videla y Emilio Massera desestimaron la intentona instando a "dar un ejemplo de cohesión, disciplina, desinterés y
responsabilidad". La hipocresía de dichas declaraciones quedaría al desnudo tres meses después, cuando dicho ejemplo quedaría en el olvido. La sublevación duró cinco días y los
golpistas, refugiados en la base aérea ubicada en la localidad bonaerense de Morón, debieron soportar el bombardeo de la misma frente a la escasa reacción del sindicalismo y la
indiferencia de la ciudadanía, consternada por la inflación creciente y la falta de rumbo económico.
Las organizaciones radicalizadas, lejos de asumir la situación imperante con una mínima actitud de madurez política, procederían a echar más leña al fuego. Cinco días después
del episodio golpista, el Ejército Revolucionario del Pueblo llevaría a cabo una de las operaciones más temerarias de su existencia, a través del intento de copamiento del el
Batallón de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, ubicado en la localidad bonaerense de Monte Chingolo. La masacre resultante de la suicida y extemporánea iniciativa contribuiría a
diezmar aún más a las debilitadas fuerzas del ERP que, por otra parte, venían de un fracaso militar contundente, luego de su fallida experiencia foquista en el monte tucumano.
El 24 de diciembre, el general Videla que se encontraba en Tucumán junto a los efectivos del Ejército allí acantonados con motivo de la "lucha antisubversiva", anticiparía desde
una desembozada oposición al gobierno constitucional su accionar futuro: "con la sana rabia del verdadero soldado, las incongruentes dificultades en las que se debate el país,
sin avizorarse la solución".
A pesar del elocuente reconocimiento de la presidente, al confesar no estar a la altura de las circunstancias para gobernar el país, la contradicción en la que se hallaba
sumergido el partido gobernante era colosal. Es que al tiempo que se convocaba a elecciones adelantadas, y se consultaba a las fuerzas de oposición sobre alternativas para
superar la profunda crisis institucional, la negativa de renuncia de la presidente María Estela de Perón parecía señalar que tales iniciativas sólo formaban parte de una
estrategia de dilación ajenas a una auténtica vocación de cambio. Todo ello, sumado a la sistemática negativa de un Poder Legislativo con mayoría justicialista de promover
juicio político a la presidente, contribuía a profundizar el vacío de poder y a obstaculizar todo tipo de alternativa institucional de recomposición del régimen político.
Con el correr de los meses el deterioro del gobierno iría en alza, hasta que en las primeras horas del 24 de marzo de 1976, los argentinos amanecerían con lo que ya se veía
venir desde hacía tiempo: los tres comandantes en jefes de las Fuerzas Armadas, el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Masera y el brigadier Orlando Ramón
Agosti, destituirían de su cargo a Maria Estela Martínez de Perón, embarcándola en un helicóptero militar rumbo a lo que sería su primer centro de detención. Comenzaba la etapa
más oscura de la historia argentina con el autodenominado ?Proceso de Reorganización Nacional? ejerciendo el más criminal terrorismo de Estado, sumergiendo al país en su crisis
socioeconómica más aguda, y llevando a la Argentina a una guerra absurda enancada en un anhelo colectivo como el que se constituye en el reclamo por la recuperación de las Islas
Malvinas.