Alejado del poder por un largo proceso de diabetes, el Presidente Roque Sáenz Peña fallecía el 9 de agosto de 1914, después de haber abierto el camino del Estado de Derecho. El
mismo día asumió asumió la presidencia, por ser el vicepresidente, Victorino de la Plaza, quien ejerció el poder hasta el 12 de octubre de 1916. Este hecho, sumado a otros dos,
el Tercer Censo Nacional y las repercusiones en el país de la Guerra Mundial, jalonaría en la historia argentina tres huellas de lo que ocurriría posteriormente.
El Censo Nacional arrojó una población de 8.000.000 de habitantes, de los cuales 2.357.952 eran extranjeros. En la Capital se hablaban todas las lenguas, y los habitantes
nativos y los foráneos estaban prácticamente equilibrados, 798.000 argentinos y 770.000 extranjeros. El censo mostraba también un 35% de analfabetos frente al 80% de la primera
medición (1869).
La reforma electoral, la Ley Sáenz Peña, según palabras de Miguel Ángel Cárcano: "puede ser apreciada de manera diferente según los historiadores que la estudien, pero operó
como una verdadera revolución pacífica -voto obligatorio, universal y secreto-, porque cambió, modificó, innovó e influyó fundamentalmente en las costumbres políticas, en la
manera de elegir gobierno, en la composición del Poder Legislativo, en la conducta de los partidos y sus dirigentes, en las relaciones del gobierno y la oposición, en la
gravitación de las grandes agrupaciones sociales y hasta en la vida misma de los habitantes de la nación".
El nuevo presidente, Victorino de la Plaza, nació en Valle de Lerma, en el pueblo de Cachi, cerca de Salta, el 2 de noviembre de 1840. era hijo de José Mariano Roque y doña
Manuela de la Silva. Al contraer enlace, se acreditó como hijo legítimo a Victorino. Muerto su progenitor, su niñez fue penosa y llena de privaciones. Su madre, como la de
Sarmiento, realizó ingentes esfuerzos para mantenerlo y darle ejemplo espiritual.
Alumno en el colegio de los franciscanos, su buena aplicación lo hizo merecedor de una preceptoría para ayudar a su madre; más tarde, Urquiza le acordó una beca para seguir
estudiando en ese colegio, el más prestigioso del país.
Al llegar a Buenos Aires se alojó en la casa y trabajó en el estudio del doctor Emilio Lahitte. Dueño de una gran cultura, de la Plaza dominaba el latín y se distinguía por su
hermosa caligrafía, Roque Sáenz Peña, fue su discípulo del idioma de Virgilio. Revisó y corrigió la versión de La Eneida de Dalmacio Vélez Sarsfield, el padre de nuestro Código
Civil.
La amistad entre preceptor y alumno, de la Plaza y Sáenz Peña, nació desde entonces, y poco podría sorprender que décadas después fuera su compañero de fórmula y su sucesor.
Luchó en la Guerra del Paraguay, distinguiéndolo Bartolomé Mitre con el grado de capitán y una mención honorífica por su heroísmo. De regreso a Buenos Aires se incorporó al
estudio de Vélez Sarsfield, donde llegó incluso a hacer su sucesión; lo acompañó en diversas funciones públicas: en las presidencias de Sarmiento individualmente y en la de
Avellaneda colaborando privadamente. Durante los sucesos de 1880 era legislador nacional. En la presidencia de Roca fue ministro de Hacienda.
Realizó arreglos financieros por pedido del presidente Carlos Pellegrini. Canciller, más tarde vicepresidente y, de 1914 a 1916, presidente de la Nación.
Casado con Ercilda Belvis de Lomas de Zamora, fue un patriarca equilibrado. Su testamento es pieza de gratitud: recuerda a su madre y dona su biblioteca, con sus mapas y cartas
geográficas, a Salta; $100.000 son para obras hospitalarias en la misma provincia y se agrega un legado a la Universidad de Buenos Aires de $50.000 en pago por la enseñanza
gratuita que recibió en mérito de sus brillantes exámenes.
Nivela, como presidente, el presupuesto de la nación, la difícil política de la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, el cumplimiento y aplicación de la Ley Sáenz Peña y, al
concluir el período presidencial, celebra el centenario de la independencia.
En 1919, al celebrarse el cincuentenario del Código Civil, de la Plaza, que había sido secretario de Dalmacio Vélez Sarsfield, asistió a los festejos que se realizaron en
Córdoba, donde fue el orador brillante que rememoró al autor de tan importante obra jurídica. El de septiembre regresó a Buenos Aires. El 2 de octubre dejaba de existir.
¿Qué pasaba en el calendario electoral? El nuevo Presidente cumplió, en política interior, el camino trazado por el desaparecido Roque Sáenz Peña. El 18 de febrero de 1914, el
gobierno nacional convocó al pueblo de la Capital a elecciones de diez diputados al Congreso Nacional, nueve por haber terminado su mandato y uno por fallecimiento. Salvo San
Luis, igual convocatoria hicieron los gobernadores en sus provincias. todas desarrollaron el acto comicial en un clima sin sobresaltos. Era la renovación bienal prevista por la
Constitución Nacional. los resultados fueron muy parejos, y la presencia radical fue descollante; en La Rioja no hubo elecciones.
Declarada la Guerra Mundial, Argentina sería un testigo pasivo de los hechos trascendentes que ocurrirían en el mundo. La gran mayoría de la opinión pública era favorable a los
aliados; en las instituciones armadas la situación era distinta. La posición de neutralidad siguió durante el gobierno del siguiente presidente, Yrigoyen.
Las agencias periodísticas que informaban de la conflagración eran Reuter, británica, y Havas, francesa. Por lo tanto, lo que se difundía en el país pasaba por el beneplácito de
los aliados. Se decretaron cinco días de feriado bancario y otros relativos a los depósitos en oro en las legaciones, moratorias internacionales en obligaciones originadas por
países en guerra que se consideraban prorrogadas hasta la finalización del conflicto bélico. No faltaron incidentes, algunos en aguas argentinas, de variada gravedad, pero en
todos se dejó en claro la dignidad nacional.
Esta política internacional se vio ratificada con la firma de los cancilleres de Argentina, José Luis Murature, de Chile, Lauro Muller, y de Brasil, Alejandro Lira, el 25 de
mayo de 1915, en la Ciudad de Buenos Aires, del Tratado conocido con el nombre de A.B.C.. en el que se establecía el procedimiento a seguir para evitar el desencadenamiento de
un conflicto, donde no se consideraba obligatorio el pronunciamiento de la Comisión. En esto difería de los tratados tradicionales de arbitraje, ya que implicaba un tiempo de
espera para que los espíritus gobernantes recuperasen su equilibrio.
Este tratado pacifista recibió aplausos, pero también críticas. La Comisión de la que habla el Tratado suscripto se constituiría en Montevideo, a los tres meses. El texto de lo
firmado significaba, ante todo, una garantía de justicia y respeto a los tratados existentes y el solemne compromiso de solucionar pacíficamente las diferencias internacionales.
Victorino de la Plaza, como representante de la Argentina y ministro de Relaciones Exteriores, había demostrado su amplio criterio de hombre de Estado con profundos
conocimientos del Derecho y la Economía.
En el discurso de apertura del período de sesiones ordinarias, en 1916, siendo presidente, expresó: "...la marcha del país, si bien bajo ciertos aspectos no ha sido de las más
perjudicadas [por la guerra mundial], no podemos desconocer las serias perturbaciones que ella ocasiona para la realización de nuestros productos, tanto agrícolas como ganaderos
y de la enorme disminución de los medios de transporte".
En el campo de la política, afirmó, "convencido de la necesidad de acción de los partidos tradicionales: el Nacionalista y el Autonomista, amalgamados más tarde con el Nacional:
"sostengo que esos partidos no sólo no han terminado su misión, sino que son indispensables (...); esas tendencias y principios políticos son durables como la Constitución
misma".
El 9 de febrero, el Poder Ejecutivo convocó al pueblo de la Capital para elecciones presidenciales.
El ambiente político estaba muy agitado. El presidente no tuvo ningún temor a enfrentarlo con argumentos constitucionales y políticos, finalizando con la expresión de sus
principios: "Declaro que me he de mantener en el terreno de imparcialidad en que estoy colocado, que no me considero llamado a dar políticamente otras orientaciones que las
derivadas de mis precitados mensajes y de las presentes declaraciones, y en consecuencia os invito a solucionar, con toda precisión y energía por medio de nuestros votos libres,
la elección presidencial en los próximos comicios electorales".
Fue sin estridencias ni fáciles elogios de los adulones, apto para manejar la economía, digno en la actividad cívica, prudente y de enérgica eficacia en la acción internacional
pacifista y americanista convencido.
HECHOS NOTABLES
Al comienzo del siglo XX, más aún en la primera década, el teatro, en sus argumentos, en la pintura de sus personajes, en el escenario de la acción, pasó a ser eminentemente
ciudadano, como había acontecido con la novela. Es un periodista rioplatense, uruguayo de origen, quien alcanzaría la mayor representatividad en las tablas porteñas, Florencio
Sánchez. Sus obras: M´hijo el dotor, La gringa, Los muertos y Los derechos de la salud serían las más representadas, y al decir de Ezequiel Martínez Estrada: "el teatro de
Florencio Sánchez es hablado, pero la palabra no engendra el drama y ningún dramaturgo que ha escrito en castellano ha comprendido como él el valor de los silencios, de las
largas pausas en que nadie dice nada mientras cala su tragedia en el espectador".
Esta nueva realidad ciudadana se inspiró en los barrios de casas humildes y gran población de inmigrantes. La poesía certificó que los pobres pueden ser también protagonistas.
Tal, los cuadros de Ernesto de la Cárcova, las arengas de Alfredo L. Palacios en el Parlamento, los versos de Evaristo Carriego en las calles de Palermo con el almacén o el café
donde se barajan naipes y los ociosos toman vasos de vino barato, donde canturrean tangos los carreros. Así, también fue fuente de inspiración la máquina de coser, que no dejaba
de chirriar todo el día mientras, la costurerita, con su tos de enferma, pedaleaba y pedaleaba...
Otra pluma fue la del cuentista Horacio Quiroga, radicado desde 1906 en la selva misionera: agresiva, peligrosa, salvaje en su naturaleza y en la naturaleza de sus personajes.
Leopoldo Lugones, que había sido un demoledor rebelde, compartía ahora en el centenario del '10 sus poesías, llenas de colectiva exaltación, nacidas en el progreso material y
utilitario, imparable. No faltarían los pensamientos de José Ingenieros y los recuerdos de tantos inmigrantes.
En 1911, Buenos Aires se había asombrado con el vuelo de Marcel Paillete, as francés que decoló en Villa Lugano, cruzando por primera vez el cielo de la ciudad de Buenos Aires.
Pasó por Villa Soldatti, el Riachuelo, Barracas, La Boca, Casa Amarilla y San Telmo, aterrizando en el puerto.
Más tarde, Cattaneo voló cabeza abajo ante el estupor de los porteños. En 1914, cayó el avión de Jorge Newbery, quien murió en el accidente. En el mismo año, el 18 de julio, el
teniente Pedro Zanni, establecía un triple récord sudamericano de duración, en San Luis, en 4 horas y 41 minutos a un promedio de 150 km. por hora. El 1 de octubre recibía el
brevet la primera aviadora, Amalia Figueredo. Cattaneo voló a Chile, ida y vuelta.
El 5 de abril de 1915 se inaugura la Caja Nacional de Ahorro Postal.
En 1916 se apagó la voz de un payador casi legendario: Gabino Ezeiza. El 24 junio, Eduardo Bradley y Angel Zuloaga cruzaron la Cordillera de los Andes en globo, viniendo de
Chile a Mendoza teniendo que elevarse a 8.000 metros de altura.
En los comicios del 2 de abril, aplicando la ley Sáenz Peña como procedimiento, se consagró la fórmula radical de presidente y vice, Hipólito Yrigoyen-Pelagio Luna.
La celebración del centenario de 1816 tuvo ribetes diferentes a la que se había realizado seis años antes. No existía el clima de paz de aquellos años y la Gran Guerra
incendiaba el suelo europeo con el fragor de las armas. Llegaron, sin embargo, el 9 de julio de 1916, centenares de miles de turistas, delegaciones de todos los gobiernos de
América y de algunos europeos para acompañar al pueblo argentino y a sus autoridades en tan magno acontecimiento. en esos días se incorporaron a la flota de guerra de la nación,
dos poderosos acorazados: "Rivadavia" y "Moreno".