En Cáceres, en el triángulo formado por la plaza de las Veletas, la Plaza Mayor, y la plaza de San Jorge, podías pasar en minutos de bailar
al son latino, escuchar cantos polifónicos sardos, hacer un curso de danza hindú, aprender a pintar como los aborígenes australianos, comprar
artesanía de todo el mundo, o comer exóticas delicias gastronómicas.
Todo un mundo comprimido en 4 intensos días, en los que Cáceres se abarrotaba de una fauna multicolor que, todo hay que decirlo, dejaba la
ciudad hecha unos zorros, así que con buen criterio el ayuntamiento decidió sacar del centro los conciertos para evitar la masificación.
La Plaza Mayor se encontraba mucho más tranquila en mi visita otoñal, y los restaurantes ofrecían, con escaso éxito, sus terrazas a los
visitantes, que preferían el interior a pesar de que se perdían la vista de esta espléndida plaza, el pórtico que nos anuncia las maravillas
que nos vamos a encontrar dentro de sus murallas históricas.
Bien abrigado, comí en la terraza, preguntándome por qué hay tantas diferencias en la manera que los españoles tratamos nuestro patrimonio
histórico, al que muchos ayuntamientos ignoran en aras de una modernidad mal entendida, y por otro lado hay ciudades ejemplares como Cáceres,
considerada el tercer conjunto monumental europeo por el Consejo de Europa.
Otras distinciones importantes que tiene Cáceres, Estrella de Oro de la Comisión Europea, Manzana de Oro al mérito turístico, que es
Patrimonio de la Humanidad desde 1.986, enclave importante en la Vía de la Plata, integrada en Caminos de Sefarad, la Red de Juderías de
España, y ahora candidata a Ciudad Europea de la Cultura para 2.016. Eso es curriculum.
La historia de Cáceres se remonta unos 25.000 años, ya que en su casco urbano hay una cueva con pinturas del Paleolítico Superior, cerrada al
público pero con una reproducción exacta en su Centro de interpretación.
Su fundación como por los romanos en el año 25 a.C. le otorga el título de ciudad bimilenaria, y su historia posterior está plagada de luchas
entre los árabes y cristianos por el control de la ciudad.
Recuperada finalmente por Alfonso IX en 1.229, el 23 de abril, día de San Jorge, este último ha quedado como patrón de Cáceres.
Cuando cruzamos bajo el arco de la Estrella o Puerta Nueva, del s. XV, en realidad traspasamos mucho más que un espacio físico, estamos dando
un salto en el tiempo y nos ponemos a caminar por su desgastado empedrado, que antes que nosotros recorrieron judíos, árabes, cristianos
viejos, mozárabes, nobles, plebeyos, militares y eclesiásticos camino de la plaza de Santa María, donde se encuentra la Catedral, rodeada de
palacios y edificios nobles.
Sería demasiado prolijo describiros los más de 100 edificios o lugares históricos reseñables intramuros, lo mejor es visitar los museos de la
ciudad, el de Cáceres en la Plaza de las veletas con contenido arqueológico, etnográfico y artístico, que conserva un aljibe árabe en
perfecto estado, y que todavía cumple su cometido.
La sala de exposiciones en el adarve de Santa Ana es una recopilación de objetos de la historia moderna de Cáceres, y en el palacio de la
Diputación provincial hay una exposición multimedia sobre la provincia.
No nos podemos perder la exposición sobre las tres culturas en la Torre de Bujaco, del s. XII, que tiene acceso a la almena, con unas vistas
sobrecogedora de la ciudad medieval.
Tan noble es la ciudad que prácticamente hay un escudo de armas en cada casa, algunos de ellos muy sencillos y hermosos, como el de la casa
del Sol, y otros muy elaborados, denotando las complejas relaciones entre las familias aristocráticas, con enlaces matrimoniales de
conveniencia, y la situación política de las distintas épocas, como cuando la visita de los reyes Católicos dividió a la ciudad por su
lealtad a Isabel la Católica.
Los nobles que no la apoyaron vieron como las torres de sus palacios-fortaleza eran desmochadas para descrédito y deshonra de sus
propietarios.
Así se hacía, y se sigue haciendo hoy en día, política de Estado, los que están conmigo reciben premios por su apoyo, y los que están contra
mí reciben castigo.
De noche Cáceres adquiere tintes irreales, con una atmósfera difuminada por la pátina del tiempo, a la que ayuda una cálida iluminación y
sobre todo que las máquinas de hierro que afean su casco histórico, llamados automóviles, al menos dormitan silenciosas.