El estado mexicano de Coahuila se localiza en el noreste de México. Limita al norte con el estado de Texas perteneciente a los Estados
Unidos; al este, con Nuevo León; al oeste, con Durango y Chihuahua; y al sur, con San Luis Potosí y Zacatecas. Es el tercer estado más grande
por su territorio, sólo detrás de Chihuahua y Sonora. Su población es cercana a los 2,5 millones de habitantes. Su capital es Saltillo, la
mayor metrópoli es Torreón y otras ciudades importantes son: Monclova, Piedras Negras, Acuña y Ramos Arizpe.
El nombre oficial del estado es Coahuila de Zaragoza, en honor del General Ignacio Zaragoza. El origen del nombre Coahuila no se conoce con
certeza. Cuando los españoles llegaron a este territorio se encontraron con habitantes indígenas que se hacían llamar coahuiltecos. Algunos
historiadores piensan que en náhuatl significa: víbora que vuela, (coatl, serpiente y huila, volar); otros piensan que significa: lugar de
muchos árboles (quautli, árbol y la, abundancia). Orígenes Siguiendo la trayectoria de restos de mamut y los vestigios de lanzas y otros
artefactos de piedra, los científicos piensan que cuando menos hace 40 mil años ya habían llegado a América los primeros habitantes. Se sabe
que el hombre caminó a lo largo de miles de años desde Asia hasta América.
En el norte de nuestro estado se han encontrado vestigios que nos permiten asegurar que hace 12 mil años llegaron al Río Grande o Bravo
algunos grupos de cazadores-recolectores.
El reciente descubrimiento de huellas humanas petrificadas en el valle de Cuatro Ciénegas hace pensar que la presencia humana en ese lugar
puede remontarse hasta más de 10 mil años atrás, aunque aún hacen falta estudios científicos que lo demuestren.
Conforme pasó el tiempo y el clima de la región cambió, los cazadores-recolectores se adaptaron a su medio sin alterar mucho su forma de
vida. Posteriormente integraron tribus o bandas que se dispersaron en todo el continente americano.
El territorio del hoy estado de Coahuila, al igual que la mayor parte del ahora norte de México, fue originalmente habitado por nómadas
cazadores-recolectores. Eran hábiles cazadores y utilizaban el arco e instrumentos primitivos fabricados con piedras talladas. Sólo en
algunos lugares propicios, como la Región Lagunera, los indios enriquecían su alimentación practicando la pesca. No se han encontrado
indicios de fundaciones permanentes que permitan suponer sedentarismo, pero, en cambio, estos nómadas dejaron huella de su presencia en
piedras grabadas (petroglifos) y pinturas rupestres.
Los nómadas de esta región carecieron de un nombre genérico que los identificara. Para los habitantes de Mesoamérica, pertenecientes a
sociedades más desarrolladas y constructores de impresionantes templos y ciudades, eran “chichimecas”, denominación con fuerte carga
despectiva, pero de significado dudoso. Gracias a documentos coloniales conocemos decenas de nombres de tribus que habitaron en territorio
coahuilense. Algunos investigadores proponen agruparlas en cinco grandes colectividades: huauchichiles, coahuiltecos, tobosos, irritilas y
rayados.
Calificados de “gente bárbara y salvaje”, los primitivos habitantes del territorio se mantenían en constante movimiento, empujados por la
necesidad de conseguir alimentos. No parece que hayan tenido una idea de divinidad, aunque temían a los remolinos de polvo, a los que
atribuían poderes malignos y llamaban “cachinipas”.
Eran frecuentes las guerras entre los distintos grupos y organizaban fiestas (“mitotes”), en las cuales el consumo del peyote formaba parte
del ritual. Desconocedores de la cerámica, almacenaban alguna cantidad de alimento moliendo vainas del mezquite hasta convertirlas en harina.
El trabajo de machacar las vainas lo realizaban en morteros portátiles y en morteros fijos —hoyos en la roca—, de los que todavía existe gran
cantidad.
Los nómadas del septentrión mexicano, a quienes el historiador Carlos Pereyra aplicó el calificativo de “gallardos”, jamás se integraron,
como grupo social, a la vida sedentaria de los occidentales. Todos los esfuerzos de los misioneros por asimilarlos a la, para ellos nuevas
formas de cultura, fueron infructuosos. No hubo mucho mestizaje debido a las causas descritas anteriormente, desaparecieron como expresión
cultural particular. No queda memoria de su historia y los pocos vestigios que nos dejaron resultan insuficientes para reconstruirla.
Conquista y Colonización
El año de 1521 marcó el inicio de la verdadera conquista de México con la llegada de miles de inmigrantes españoles, que se dispersaron por
toda la Nueva España.
Para mediados del siglo XVI existían opulentas ciudades en el centro y sur del virreinato. Hacia el norte había ya importantes núcleos de
población en San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Parral y Chihuahua.
Comisionado por el gobernador de la Nueva Vizcaya y al frente de una partida de soldados, Alberto del Canto fundó la villa de Minas de la
Trinidad (Hoy Monclova) y Saltillo en 1577. Años más tarde, en 1598, el capitán Antón Martín de Zapata y el jesuita Agustín de Espinoza
fundaron oficialmente Santa María de las Parras, hoy Parras. Las dos poblaciones se hallarían hasta poco más de un siglo después bajo la
jurisdicción del gobierno de la Nueva Vizcaya.
En sólo 56 años la labor de exploración, conquista o fundación se había desplazado al norte (desde México a Saltillo) 850 kilómetros. A lo
que hoy es Monclova, penetró en 1583 la trágica expedición de don Luis Carvajal y de la Cueva, quien a orillas del río levantó una población
con el nombre de Nueva Almadén.
Hasta ese momento el avance colonizador había sido progresivo y sistemático. Sin embargo, la oleada colonizadora se detuvo durante casi un
siglo y ni siquiera esta primera fundación, la de Almadén, logró permanecer. Poco después de la llegada de Carvajal a la hoy Monclova, la
población quedó abandonada por el constante acoso de los indios. En las siguientes décadas fracasaron no menos de nueve intentos de repoblar
el sitio.
Durante decenas de años este enorme territorio al norte de Saltillo permaneció prácticamente desconocido para el resto del virreinato. El
territorio carecía de atractivos al no existir, como en la vecina provincia de Nueva Vizcaya, minas que despertaran la codicia de los
exploradores ni ríos que facilitaran los asentamientos humanos. Tampoco circulaban leyendas sobre la existencia de pueblos indígenas cuyas
casas estaban recubiertas con oro, plata y esmeraldas, que determinaron la colonización de la provincia de Nuevo México.
Lo que sí abundaba eran grupos de indios bárbaros divididos en numerosas parcialidades o rancherías. Así lo consignaron los cronistas
españoles que llegarían más tarde.
Como punta de lanza de la colonización vinieron los frailes, franciscanos y jesuitas. Su objetivo no sólo consistía en convertir al
catolicismo a los indígenas, sino también ilustrarlos en las bondades de habitar en asentamientos regulares, con las ventajas que ofrece la
vida comunitaria: la agricultura, la artesanía, la ganadería y el comercio. Este trabajo lo realizaron con el establecimiento de misiones.
El más notable de todos los misioneros en el centro y norte de Coahuila fue fray Juan Larios, franciscano de profunda fe, sincero amor
apostólico y, sin duda, gran fortaleza física. Larios logró con su catecismo y su devoción lo que no pudieron personajes que usaron la fuerza
y las armas: establecer al norte de Monclova las primeras poblaciones de carácter permanente.
Sin embargo, para cuando fray Juan Larios llegó a la región, en 1673, habían pasado 90 años desde la fundación de Almadén, y Monclova era aún
el punto más avanzado de la colonización en esta provincia.
Durante meses, obstáculos burocráticos impidieron al padre Larios internarse al norte de la provincia. En su labor misionera era acompañado
por otros dos franciscanos, fray Francisco Peñasco y fray Manuel de la Cruz, además de un centenar de indios que se les unieron en el
trayecto de Guadalajara a Saltillo.
A fines de diciembre de 1674, los franciscanos salieron de lo que alguna vez fuera Nueva Almadén con destino al norte. Un mes después se les
unió el Justicia Mayor de la villa del Saltillo, Francisco de Elizondo con 30 hombres, cuyos apellidos quedaron desde entonces ligados a la
historia de Coahuila: Diego Ramón, Fernando del Bosque, Diego Luis Sánchez Navarro, Ambrosio de Cepeda, Rodrigo de Morales y Juan de Aguirre.
En el punto de reunión fundaron la misión de San Ildefonso de la Paz, el 28 de enero de 1675.
Para entonces existían en el virreinato grandes ciudades que en nada desmerecían en comparación con las de la España peninsular, de
imponentes catedrales, numerosos conventos y lujosas mansiones. En México, la capital de la Nueva España, funcionaba la universidad, teatros,
numerosas escuelas e imprentas.
Mientras, en Coahuila, ni siquiera Monclova había recibido su designación oficial como villa (esto ocurrió hasta 1689), y la colonización,
por lo tanto, volvió a detenerse. Así, después de casi un siglo de total estancamiento, se logró avanzar para fundar el primer asentamiento
al norte de Monclova.
Presidios y Presidiales
Al terminar el siglo XVII y a lo largo del XVIII se hizo el intento de consolidar la presencia española en el noreste del virreinato. Bajo la
protección a veces no muy eficaz de guarniciones de soldados llamadas presidios, s e establecieron algunas haciendas y los primeros centros
de población: Santa Rosa (hoy Múzquiz) en 1737, y San Fernando de Austria (hoy Zaragoza), en 1753. Los presidios fueron creados por orden
real para resguardar los avances de la colonización.
Estos presidios, al igual que las misiones, frecuentemente cambiaban de lugar y de nombre.
La razón del establecimiento de los presidios resultaba justificada. Del norte, empezaron, gradual y continuamente, las incursiones de
belicosos grupos de apaches lipanes y mezcaleros, desplazando o exterminando a los nativos chichimecas. Sobre los apaches, un historiador
escribió:
“…se mueven sobre sierra, pradera y desierto con la misma rapidez. A pie son peligrosos, a caballo son temibles. No tienen sentido político,
pero les guía un instinto que no resulta inferior en la práctica… No se incluye en sus prácticas educativas la evolución del intelecto: son
todo brazos, piernas, fuerza, impulso…”.
Mientras tanto, a la entrada del siglo XVIII se encontraban establecidos tres presidios en Coahuila: Monclova, Santa Rosa y Río Grande.
Por otra parte, no hacía mucho se había abierto la ruta de colonización a la provincia de Texas. Otra de las obligaciones de los soldados
presidiales era la custodia de los viajeros y colonos.
La lenta colonización se prolongó hasta principios del siglo XIX. El gobernador de la Provincia de Coahuila, Antonio Cordero y Bustamante,
fundó Cuatro Ciénegas en 1800, y al año siguiente, Nava.
La Independencia
El levantamiento de Hidalgo en el pueblo de Dolores causó gran conmoción en el centro del virreinato y en pocos días la noticia se conoció en
casi todas las principales ciudades de la Nueva España. A Saltillo la trajeron los comerciantes que llegaron el domingo 23 de septiembre a
participar en la feria que anualmente se celebraba en la villa.
El rumor decía que “ en la región de San Miguel el Grande había ocurrido un levantamiento popular acaudillado por el cura de la parroquia de
Dolores, don Miguel Hidalgo”. No se conocían entonces las causas ni las intenciones, ni se sabía de sus avances, ni su incremento. No
obstante, el 23 de septiembre, lo que inició una semana antes en el curato de Dolores como un pequeño brote de rebelión, se había convertido
en un ejército mal disciplinado de casi 65 mil individuos, que después de saquear Celaya se disponían a marchar sobre la rica ciudad de
Guanajuato.
Seis días más tardó la noticia en llegar a Monclova, capital de la provincia.
Mientras tanto, el ejército insurgente cobró fuerza y aunque sufrió derrotas frente a los realistas, su poder no había disminuido. A mediados
de noviembre, Mariano Jiménez solicitó y obtuvo de Allende la autorización para extender la revolución a las provincias del norte.
Las fuerzas de Coahuila, que entre soldados y voluntarios sumaban no más de 700 efectivos al mando del gobernador don Antonio Cordero y
Bustamante, se encontraron el 7 de enero de 1811 en la hacienda de Aguanueva frente a los ocho mil hombres de Jiménez. Los soldados
realistas, desalentados ante la superioridad de su enemigo, rindieron sus armas y corrieron a unirse a las filas insurgentes.
Al día siguiente, Jiménez y la enorme columna que lo acompañaba, hicieron su entrada a Saltillo. Desde esta ciudad, Jiménez había mantenido
comunicación con los jefes Hidalgo y Allende, que se hallaban en Guadalajara. El 17 de enero, después de que los insurgentes sufrieron su
peor derrota en la desastrosa batalla de Puente de Calderón, lo que quedaba del ejército se dirigió al norte a reunirse con Jiménez.
La entrada de los insurgentes a Saltillo el 24 de febrero de 1811 fue motivo de celebraciones.
Entre tanto, con refuerzos recibidos desde España, el virrey había ordenado una ofensiva de tres ejércitos que avanzarían coordinadamente
desde diversos puntos sobre Saltillo. Ante estos amenazantes desplazamientos, los jefes insurgentes tomaron la determinación de dirigirse a
Texas, con la idea de internarse en Estados Unidos.
El ejército insurgente partió de Saltillo la madrugada del 16 de marzo. Era una enorme e improvisada caravana compuesta por soldados a pie y
a caballo, cañones, arrieros, carretas, cientos de mulas que transportaban la carga y coches donde viajaban los principales jefes.
Un día después de la salida de Hidalgo y los suyos de Saltillo, un grupo de contrarrevolucionarios apresó en Monclova al gobernador
insurgente Pedro Aranda y ocupó la ciudad. Los contrarrevolucionarios, con una fuerza de 492 hombres al mando de Ignacio Elizondo y Tomás
Flores, habían decidido detener el movimiento libertario.
Mientras la columna insurgente avanzaba lentamente rumbo al norte, los hombres de Elizondo y Flores se instalaron en Acatita de Baján, paso
obligado en el camino de Saltillo a Monclova. Situaron el campamento principal tras una pequeña loma donde el camino hacía una curva rumbo al
oriente y descendía a una planicie ocultada por el mismo cerro.
A medida que transcurría la jornada cayeron en poder de los contrarrevolucionarios los aislados grupos rebeldes. Entre cuatro y cinco de la
tarde, más de 600 insurgentes, entre ellos los principales jefes, habían sido capturados. Bajo una guardia de cuarenta soldados se envió a
Monclova la primera partida de 400 presos.
El día 22 entró a Monclova el grupo de prisioneros. Unos fueron recluidos en el Hospital Militar, otros en la capilla de La Purísima y el
resto en el cuartel de las fuerzas presidiales.
Temiendo ataques de los insurrectos, las autoridades dispusieron el traslado de los principales jefes a Chihuahua. La columna de soldados y
prisioneros salió de Monclova la madrugada del 24 de marzo.
Eran 28 prisioneros, entre los que se encontraban los principales caudillos: Hidalgo, Allende, Juan Aldama, Jiménez, Abasolo, Pedro Aranda,
Manuel Santamaría, Francisco Lanzagorta y otros importantes oficiales, además de cuatro clérigos y seis frailes.
En Monclova fusilaron al licenciado Ignacio Aldama, fray Juan de Salazar y Juan Bautista Casas. Los tres habían sido capturados en San
Antonio de Béjar (hoy San Antonio, Texas). Además de ellos, los realistas ejecutaron a numerosos insurgentes.
Los únicos dos coahuilenses trasladados a Chihuahua fueron José Andrés Molano y José Plácido Monzón. El primero fue condenado a destierro con
confiscación de bienes y el segundo murió fusilado el 7 de junio de 1811.
Durante los siguientes años Coahuila no intervino activamente ni se dieron en su territorio más acontecimientos relacionados con la guerra de
independencia.
La Conflictiva Texas
Desde finales del siglo XVIII y principios del XIX, muchos personajes de la época advirtieron el enorme riesgo en que se hallaba el
territorio de Texas.
Hacia 1810 Texas contaba con no más de cuatro mil habitantes, la mayoría de origen mexicano. Diez años después, su número se calculaba en
seis mil, de los cuales la mitad se hallaba concentrada en San Antonio.
Ese año de 1820, aún bajo el régimen virreinal, se trató de impulsar la colonización. Las únicas condiciones para recibir tierras eran que
los colonos profesaran la religión católica, fueran de buenas costumbres y juraran lealtad al rey.
Aprovechando esta política, Moisés Austin, un estadounidense que había residido en el vecino territorio de la Louisiana, cuando éste
pertenecía a España, solicitó y obtuvo de las autoridades virreinales la autorización para establecer 300 colonos angloamericanos en Texas.
Sin embargo, no le fue posible cumplir con su cometido. Murió en 1821 antes de cristalizar su proyecto. Tiempo después, su hijo Esteban logró
que le fuera reconfirmada la concesión por el imperio de Iturbide, y más tarde por la recién formada República.
Esteban Austin logró establecer estas primeras 300 familias. La concesión se mantuvo y en pocos años la migración era un alud. Para 1830 se
calculaba en 20 mil el número de habitantes de Texas.
Aunque de origen anglosajón, estos hombres no representaban la gran amenaza que imaginaba el partido centralista; sólo eran campesinos que
habían encontrado ricas tierras muy favorables para el cultivo del algodón, totalmente ajenos a la política de Estados Unidos y de México.
La Constitución federalista de 1824 les había confirmado su reconocimiento, y Texas mismo pasó a formar parte del estado de Coahuila.
No obstante, muchos otros intereses se estaban moviendo para cambiar el destino del recién integrado estado coahuiltexano, en especial del
territorio de Texas. Entre ellos pesaba el vigoroso expansionismo estadounidense.
Como si lo anterior no bastara, el desorden que imperaba en la política mexicana fue un ingrediente más, y uno de los principales, de la
inminente segregación del territorio texano.
Después de 1824 y proclamada la Constitución, se iniciaron los conflictos por el poder. Entre ese año y 1833, cuando llegó Antonio López de
Santa Anna, habían pasado siete presidentes; sólo el primero de ellos, Guadalupe Victoria, completó los cuatro años de su administración.
Santa Anna, más que simpatizar con el centralismo, aprovechó sus doctrinas para ejercer la dictadura y por lo pronto abolió la Constitución
del ‘24 y regresó a los estados (libres y soberanos) a su antigua calidad de departamentos, con total dependencia del Ejecutivo nacional.
En Coahuila y Texas, al gobernador, el federalista Agustín Viesca, se le obligó a renunciar y fue encarcelado. Este giro de la política
nacional causó una enorme alarma en la población de colonos en Texas.
Los texanos se hallaban divididos en dos bandos, los que estaban a favor de la paz, y los que pugnaban por la guerra y la independencia del
territorio.
En 1836 los texanos proclamaron finalmente su independencia de México.
Para intentar evitarlo, Santa Anna se dirigió a Texas con un enorme ejército. La guarnición en la misión del Álamo fue aniquilada después de
una defensa famosa.
Otra guarnición acantonada en Goliad sufrió la misma suerte. Empero, el general texano Sam Houston mantuvo reunido a un pequeño ejército, y
en 1836 derrotó al ejército mexicano en San Jacinto.
Santa Anna fue apresado y conducido a la bahía de Galveston, en donde se le obligó a firmar los Tratados de Velasco, el 14 de mayo de 1836.
En el segundo Tratado de Velasco era en el que se reconocía la independencia de Texas, que a poco de conquistar su independencia inició
gestiones para anexarse como estado a la Unión Americana.
El 21 de junio de 1845 Texas votó su anexión a los Estados Unidos, y con ello quedó abierto el camino hacia la guerra entre los dos países.
La Invasión Norteamericana
La ocupación del noreste de México se inició en enero de 1846, cuando el general en jefe de las fuerzas norteamericanas, Zachary Taylor,
comenzó el avance desde la bahía de Corpus Christi hacia las riberas del río Bravo, después de recibir órdenes del presidente James Polk.
El general mexicano Mariano Arista conminó a Taylor a retroceder, y ante su negativa, cruzó el río Bravo para detenerlo.
En Washington, el presidente Polk, ya impaciente, empezó a preparar una declaración de guerra tomando como base las indemnizaciones que
México no había pagado.
Pero al ser informado de una batalla ganada por los mexicanos, hizo de este hecho el principal argumento para declarar la guerra a México.
Santa Anna regresó al país poco tiempo después. Salió rumbo al norte con el propósito de organizar un ejército, que en febrero de 1847 libró
la batalla de La Angostura, al sur de Saltillo. El ejército mexicano tomó la ofensiva y estuvo a punto de vencer, pero la falta de recursos
lo obligó a retirarse.
Al tiempo que se desarrollaba la ocupación del noreste, los territorios de California y Nuevo México eran declarados posesión de Estados
Unidos. Este país exigía el reconocimiento del río Bravo como límite de Texas, la venta de Nuevo México y ambas Californias, así como el
derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec. A cambio, Estados Unidos se comprometía a pagar 30 millones de pesos.
El 6 de septiembre se reanudaron las hostilidades. Los estadounidenses ocuparon la ciudad de México, y el 15 de septiembre por la noche
ondeaba en el Palacio Nacional la bandera de las barras y las estrellas.
Para 1848, México estaba totalmente derrotado y aceptó negociar con Estados Unidos. Las negociaciones se llevaron a cabo durante el mes de
enero, y culminaron el 2 de febrero con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo. En él se reconocía el río Bravo como límite meridional de
Texas; México cedía a los Estados Unidos los territorios de Nuevo México y Alta California, y el gobierno de los Estados Unidos se
comprometía a liquidar las reclamaciones de sus ciudadanos contra el gobierno mexicano, a no exigir ninguna compensación por los gastos de
guerra y a pagar 15 millones de pesos por los territorios cedidos.
El Plan de Ayutla y Vidaurri
La revolución de Ayutla, encabezada por Juan Álvarez, enfrentó la dictadura de Santa Anna. Su ideario y misión se plasmó en el plan del mismo
nombre, expedido el 1 de marzo de 1854.
El movimiento logró extenderse por todo el país. En 1855, Santiago Vidaurri, entonces Secretario de Gobierno de Nuevo León, abandonó la
capital y partió con destino a Lampazos. Allí lanzó su Plan Restaurador de la Libertad, que seguía al de Ayutla en los puntos principales.
Luego regresó a Monterrey, donde se declaró Gobernador y Comandante General Militar del Estado.
Proclamado su plan “restaurador”, Vidaurri invitó a Coahuila y Tamaulipas a que se le unieran, bajo el pretexto de combatir unidos a los
indios bárbaros que asolaban los tres estados.
La revolución de Ayutla contra la dictadura de Santa Anna dio como resultado, después de varios años, la Constitución del 5 de febrero de
1857, pero también sirvió a las ambiciones de Vidaurri, quien aprovechó el estado de guerra que privaba en el país para anexar, el 19 de
febrero de 1856, el estado de Coahuila al de Nuevo León, y ser nombrado Gobernador de las dos entidades.
La Constitución de 1857
Desde el principio de su vida como nación independiente, hubo en México un continuo conflicto entre liberales y conservadores. De un lado,
los herederos ideológicos de los insurgentes, cuya propuesta era el desmantelamiento de las estructuras coloniales; y del otro, los
terratenientes, la aristocracia, los mandos militares y el alto clero, empeñados en mantener sus privilegios.
De ahí surgió la necesidad de organizar una asamblea legislativa que tradujera en normas legales el ideario liberal. Para ello se reunió en
la ciudad de México el 18 de febrero de 1856 un Congreso Constituyente que estaba formado casi en su totalidad por diputados de ideas
progresistas.
Después de largas deliberaciones, el 5 de febrero de 1857, bajo la presidencia de don Valentín Gómez Farías, el Congreso aprobó la nueva
Constitución que organizó al país en forma de “República, representativa, democrática, federal”, compuesta de 23 “estados libres y soberanos”
en su régimen interior, pero unidos en una federación.
Se incluyeron además leyes sobre “abolición de fueros, desamortización de bienes“ de corporaciones civiles y eclesiásticas y “libertad de
enseñanza”.
De inmediato se dejaron sentir las reacciones de la Iglesia y los grupos opositores.
Un Autogolpe de Estado
Hechas las elecciones conforme a la nueva Constitución, resultaron electos para Presidente de la República Ignacio Comonfort, y para
Presidente de la Suprema Corte el licenciado Benito Juárez. Ambos tomaron posesión de su cargo el 1 de diciembre de 1857.
Pero a Comonfort le parecía demasiado radical la Constitución y creía imposible gobernar con ella, por lo cual declaró la necesidad de que se
hicieran algunas reformas, entrando en pláticas con los conservadores para derogarla y convocar a un nuevo constituyente.
Estas ideas originaron el Plan de Tacubaya (17 de diciembre de 1857), proclamado por el general Félix Zuloaga, que pedía se anulara la
Constitución de 1857 y se convocara a otro Congreso.
Comonfort aceptó el Plan de Tacubaya, perdiendo así el sustento jurídico de su cargo, pues al desconocer la Constitución, él dejaba de ser
presidente. Esto provocó una cruenta lucha de tres años conocida con el nombre de Guerra de Reforma.