Hemos nacido con la necesidad de crear e inventar nombres para cada cosa que vemos olemos incluso sospechamos de su existencia, esta necesidad viene implícita en nuestros genes dado nuestro carácter comunicativo y con la esperanza de comprender todo lo que ahí esta.
Inventamos nombres onomatopéyicos, biensonantes, duros y exactos, dominamos la palabra, pero ese dominio es una chaqueta reversible con dos caras, la de la garantía de lo seguro y la del lado dubitativo de la conjetura.
Hay veces que hacemos poca justicia a obras de la naturaleza y les damos el bautismo supremo con nombres que nos recuerdan a otra cosa derivada de la inmensa cadena de nombres propios y comunes que lastramos como penitencia auto impuesta.
El ser humano ha anhelado, desde que saliese de una oscura cueva en forma de útero materno por lo seguro y autosuficiente, a poder peinar las nubes y acompañarlas en viajes infinitos mitad locura, mitad dejadez olvidándose de su condición terrestre y convertirse en confidente del secreto que arriba se grita a voces.
Con el devenir del tiempo y mediante la tecnología el hombre a aprendido a volar pero en ningún momento cumpliendo la teoría de la evolución de Darwin que reza lo palpable de la evolución forzada, para seguir viviendo en un medio que lejos de ser amable enseña su vertiente hostil y obliga a los suyos a desarrollar hábitos y formas que perduraran en el tiempo y el espacio.El hombre siempre que puede ataja y recurre a su mente para conseguir llevar a la practica lo que la madre natura lleva desde la creación ensayando tras enseñar.
El vuelo de un avión siempre será mecánico y rutinario, en cambio el vuelo de cualquier ser vivo capaz de hacerlo llevara escrita una coreografía que no necesita de notas musicales ni de diapositivas de acompañamiento pues por si sola es pura poesía en sintonía con el propio hecho de volar.
Volar no es patrimonio de las aves ni por imitación del hombre, hay verdaderos artistas del planeo y del vuelo corto en cualquier rincón del planeta entre mamíferos y reptiles, y precisamente en estos últimos englobamos a un gecko que lleva a la práctica la teoría de la evolución tornando en práctica lo que Darwin señalo como teoría.
Este género es el Ptychozoon y son unos habilidosos geckos de prácticas arborícolas que culminan con hábitos planeadores.
Tienen una apariencia ruda y sobria en reposo llamándonos la atención a primera vista su dentada cola y sus palmípedas manos con membranas interdigitales mas propias de un ánade que de un gecko.
El vuelo o planeo que ejerce en el aire esta facilitado por un faldón o membrana que recorre los flancos dorsales derivando en la ancha cola y todo este conjunto recibe ayuda adicional de las palmas de sus manos anchas y membranosas.
En la naturaleza podemos encontrarlos en Indonesia, Tailandia, Malasia, Singapur, Filipinas, India, Vietnam,….
Es un gecko mediano con tallas cercanas a los 16-18 cms. y de hábitos nocturnos estando reclinado y adherido a ramas y troncos pudiéndose observar durante el día a simple vista una vez desenmascarado el recurso del mimetismo.